El marxismo y las nacionalidades; el planteamiento de la cuestión judía en el marxismo clásico

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Por Juan A. Nuño (filósofo y ensayista español) 1927 – 1995.

Documento originalmente publicado en el año 1972 bajo el título “El marxismo y las nacionalidades; el planteamiento de la cuestión judía en el marxismo clásico”, páginas introductoras al documento.

Uno de los tabúes que paralizan a la izquierda contemporánea es nuevamente la cuestión Judía. Primero con el socialismo, así llamado científico, luego con la creación del Estado de Israel (calurosamente sostenido en sus inicios por toda la izquierda mundial), las mentalidades progresistas pensaron que ya estaba resuelta la “cuestión judía”. Resuelta en el sentido más exterminador de la palabra: los judíos se hacen socialistas o se hacen israelíes. En cualquier caso, lo que se les pedía es que dejaran de molestar, de seguir siendo la conciencia irritante, por no clasificable ni fácilmente comprensible, esto es, que dejaran de una vez por todas de ser judíos. Que es lo que sigue irritando, como en los viejos y oscuros tiempos.

Puesto que ni son ni exclusivamente una religión ni son un pueblo ni una nación ni una clase social (el mismo Marx tuvo que fabricar aquel híbrido de “clase – pueblo” o “pueblo – clase” para intentar caracterizarlos), que terminen de definirse finalmente siendo o socialistas o ciudadanos comunes y corrientes de un determinado país, este o aquel, preferiblemente el hebreo.

Lo que le irrita hasta la exasperación al pretendido hombre de izquierda es que el judío se empeñe tozudamente en ser judío, en negarse a aceptar una de las soluciones claras, simplistas, prefabricadas, que otros le han preparado. Con ello, el hombre ordinario de izquierdas revela su fuerte filiación del siglo pasado (siglo XIX), vale decir, de la analítica cultura burguesa.

El hombre es ciudadano de un país (francés, chino, venezolano) y es portador de unas ideas (liberal, conservador, comunista, fascista), así como el número siete es impar y es primo, o el maíz es una gramínea de flores unisexuadas, o el acetato de cobre es una sal derivada del ácido acético. Plantas, números, cuerpos químicos, minerales y, al mismo nivel, hombres. Todo en el mismo saco: reducidos a redondas, definitivas definiciones. Quien se niegue a ser esta o aquella propiedad, esta o aquella nacionalidad, quien exija fundamentalmente existir, por encima de ser, resultará sospechoso, producirá desazones, habrá que reducirlo de una manera u otra al montón de los seres debidamente clasificados según ciertas reglas del juego ontológico, previamente establecidas. En las cuales, ciertamente, sigue sin entrar, sin admitirse, la categoría correspondiente a judío. Se puede ser cualquier otra cosa, pero se exige dejar de ser (esto es, de existir) como judío.

Para la buena clasificación se construyen redes, categorías, que se capturan a esa especie algo rebelde de insectos que son los hombres y los etiquetan debidamente y de una vez para siempre. Por un tiempo se pensó que con las redes poderosas del socialismo o las muy afectivas de la nacionalidad israelí se había solucionado al fin el molesto, urticante “problema judío”.

El que Israel no sea totalmente la solución para muchos judíos es cuestión a arreglar entre judíos e israelíes, dos realidades que, contra lo que más de un no judío pueda pensar, son muy distintivas, divergentes, e inclusive antagónicas en diversos aspectos. Pero que el socialismo aún no haya servido para terminar definitivamente (en el sentido del voto exterminador) con la cuestión judía a quien afecta, en primer lugar, es a los pretendidos socialistas. Y más si se recaman del marxismo. Afecta, ante todo, a la gran patria del socialismo científico que dice ser la Unión Soviética. Donde justamente se están presentando con agudeza imposible de ocultar el problema judío.

Lo curioso del caso es que el problema judío tiene consecuencias más graves para los soviéticos que para los propios judíos. Para estos sigue siendo (ya han tenido tiempo para acostumbrarse) un problema humano, de existencia, de orden práctico: sobrevivir como judíos dentro o fuera de la URSS. Para los soviéticos, se trata de un problema político – social que afecta a la naturaleza misma (pretendidamente socialista) del régimen soviético. Visto así, se comprenden muchas de las resistencias oficiales y partidistas a plantearlo en tanto tal problema, sin que, al mismo tiempo, se puedan librar de la irritación que les causa.

En general, la línea de argumentación soviética frente a cualquier intento de planteamiento de la cuestión judía se basa en la deliberada confusión entre judaísmo y sionismo, con la bien precisa finalidad de calificar de sionista a todo el que consigne su protesta por la forma como es tratada a comunidad judía en el territorio soviético. Sólo que empeñarse en hablar de sionismo a cada paso, como hacen los soviéticos, además de servir a la propaganda adversaria, equivale a aceptar el planteamiento nacionalista de la cuestión judía, pero si resolverla.

Un bello caso de irracionalidad política. Sin resolución, porque en última instancia, la política soviética hacia sus ciudadanos judíos se reduce al conocido ni lavar ni prestar la batea. Cuando un judío soviético pide que le permitan trasladarse a Israel por considerar que esa es su auténtica patria (aceptando así, de paso, la solución de la etiqueta nacionalista), es evidente que, equivocado o no, reabre con semejante petición el viejo problema de las nacionalidades, pero con ello pone asimismo de manifiesto alguna falla estructural en la solución regional soviética a dicho problema. Reduciéndola a su más esquemática expresión, la cuestión de la nacionalidad judía se presenta como sigue en la Rusia actual: el ciudadano judío (que lo es por expresa mención en su documento obligatorio de identidad) no tiene derecho al pleno disfrute de su nacionalidad desde el momento en que carece de escuelas propias, de idioma, de literatura, de instituciones jurídicas o culturales reconocidas, lo que pacería indicar, en buena lógica social, que está siendo empujado hacia la asimilación prácticamente forzada.

Sin embargo, no es así, pues tampoco tiene derecho a una integración directa, de cuyos supuestos beneficios pudiera disfrutar él mismo, por cuanto sólo sus hijos, en el hipotético caso de que despose a cónyuge no judío, podrían optar a la asimilación, mediante renuncia explícita de la nacionalidad judía original de unos  de sus progenitores. Se tiende a pensar una vez más que semejante política de total hostigamiento lo que busca es la salida de los judíos del territorio soviético, en el cual ni pueden ser plenamente judíos ni pueden dejar de serlo. Pese a lo cual, la salida de los judíos ni es permitida ni es alentada, resultando muy limitada: en el último año, particularmente generoso, no ha llegado al medio por ciento de la población total judía de la URSS. Se agrega así un tercer círculo al infierno en que vive el ciudadano judío soviético: ni puede ser judío ni dejar de serlo, ni serlo fuera de la Unión Soviética. Se trata, a todas luces de una política eminentemente irracional, esto es, falsamente socialista.

Termina de complicarse definitivamente el problema si acaso se cede a la herética tentación de analizar la posición soviética a la luz de la doctrina marxista. El postulado esencial del marxismo sobre la cuestión judía es que ésta no podrá ser resuelta satisfactoriamente sin la previa destrucción de las estructuras de explotación y alienación que la originaron y mantienen. Se comprende muy bien que también en este punto los soviéticos huyan del marxismo como el diablo del agua bendita. Porque si el postulado marxista es correcto, obliga entonces, con inferencia irreprochable, a pensar que la actual agravación del problema judío en la URSS y, sobre todo, la creciente ineficacia y mala voluntad soviéticas frente al mismo, constituyen los indicios más probatorios de la permanencia de una estructura clasista y de una ideología burguesa en ese país.

Cualquier estudio tendiente a arrojar luz sobre los orígenes de esta absurda situación estará dirigido no sólo a dilucidar de alguna manera el viejo problema judío, sino a contribuir a aclarar la auténtica posición del cada vez más cuestionable socialismo soviético.

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