Errores tras la matanza de Niza

Bernard Henry Levy

Por Bernard-Henri Levy
El yihadismo golpea por todas partes. Le sobran objetivos y los escoge según la lógica de la pura oportunidad. La tentación de atribuir a esas almas mezquinas una dignidad lógica de la que carecen es una de nuestras debilidades.
Primero. ¿Psicópata o terrorista? Como si hubiera que escoger. Como si todos los terroristas no fueran psicópatas. Como si los esbirros nazis de los años veinte y treinta, los piquetes de las secciones de asalto hitlerianas que daban caza a los demócratas y a los judíos, como si los bestias de las SS encargados de la educación ideológica de las masas alemanas hubieran sido otra cosa que psicópatas bestiales con más o menos galones. Mohamed Lahouaiej Bouhlel, el asesino del camión que segó 84 vidas —hasta el momento en que escribo estas líneas—, era un terrorista y un psicópata.
Era inestable, mentalmente perturbado, pero también era miembro del ejército del crimen que ha escuchado el llamamiento de Daesh a “utilizar (son los términos de su órgano de propaganda) un camión como una cortadora de césped” e ir “a los lugares más densamente poblados” para “lanzarse a la máxima velocidad, sin perder el control del vehículo” y “causar la mayor matanza posible”, sin olvidar “prever armas de fuego” para, una vez “inmovilizado el camión”, rematar a los supervivientes. Encaja punto por punto. El doble rostro de la barbarie.
Segundo. La cuestión del lobo solitario. Esa forma de repetir una y otra vez, hasta la náusea y como para tranquilizarnos, que, “en el estado actual de nuestras informaciones”, este hombre actuó solo, que no estaba fichado como radical y no tenía un vínculo claro con Daesh. Como si esa fuese la cuestión. Como si Daesh no fuera, precisamente, lo contrario de un organismo al que se está más o menos claramente afiliado. Y como si la originalidad de su funcionamiento no radicase, justamente, en no necesitar para operar un comité central que distribuya órdenes, responsabilidades ni blancos. Daesh es el Califato más Twitter. Es la uberización de un terrorismo de proximidad y de masas. Es la influencia sin contacto, por contagio y sugestión relámpago. Estadio supremo del nihilismo, tal vez llegado al final de su loca carrera. Se puede ser un soldado del nuevo ejército y no haber sido reclutado, ni adiestrado, ni siquiera contactado nunca.
Daesh es el Califato más Twitter. Es la ‘uberización’ de un terrorismo de proximidad y de masas.
Tercero. La reivindicación. ¡Ah, con cuánta ansiedad hemos esperado esa famosa reivindicación que, se suponía, habría de firmar el crimen cuando llegase! ¡Con cuánta excitación la hemos recibido! ¡Y qué debates bizantinos sobre su formulación, su timing y sobre el hecho de que esta vez el comité invisible haya necesitado 30 horas para emitirla en vez de 24! La verdad es que, una vez más, nada de todo esto tiene la menor importancia. Como tampoco la tenía ya en tiempos de las Brigadas Rojas, que lo mismo dejaban sus masacres sin reivindicar que, por el contrario, reivindicaban las que perpetraban las organizaciones rivales cuando esto servía a sus intereses.
Y con más razón Daesh. Con más razón esta nebulosa de gánsteres sin código ni honor que no tienen ninguna razón para adaptarse obedientemente a los perfiles trazados por nuestros expertos. Unas veces el efecto de terror requiere una firma (incluso cuando no se tiene nada que ver). Otras veces el terror es mayor cuando se deja a los supervivientes en la perplejidad y la duda (y en Mosul se deben de estar riendo mucho de la ingenuidad de nuestros daeshólogos, que glosan y glosan unos comunicados improvisados). El islamismo es un oportunismo. Bajo la losa del radicalismo, una retórica chapucera a la que no guía ninguna moral.
El islamismo radical es una retórica chapucera a la que no guía ninguna moral.
Cuarto. ¿Qué? ¿Un islamista que no iba a la mezquita? ¿Que no guardaba el Ramadán? ¿Que bailaba salsa? ¿Que bebía cerveza? Pues sí. Porque el islamismo, en efecto, no es una religión, sino una política. O, más exactamente, ya no es una versión del islam, puesto que, antes que nada, es una variante de esa forma genérica de política que desde hace un siglo llamamos “fascismo”. De tal modo que si bien este vínculo sigue siendo intenso, si bien es esencial y constitutivo, si bien el yihadismo es, desde sus orígenes, es decir desde la aparición de los Hermanos Musulmanes, una forma específica y explícita de nazismo, ese vínculo, el vínculo con la fe, muy bien puede ser más difuso y actuar únicamente como refuerzo y, de hecho, es más difuso a medida que nos alejamos del corazón teológico y político para penetrar en la vasta y nebulosa periferia en la que se activan los ultimi barbarorum. Mohamed Lahouaiej Bouhlel era la prueba. Era la imagen de un Daesh que ha llegado, eso esperamos, al término de su posible extensión y ha perdido, como no podía ser menos, la distinción de sus consignas.
Quinto. ¿Por qué Niza, finalmente? ¿Por qué Francia? ¿Y qué pecado hemos cometido para encontrarnos, una vez más, en el campo de fuego? Otra pregunta errónea. El arquetipo de las preguntas erróneas. Y, como siempre que se parte de una pregunta mal planteada, respuestas en las que el absurdo (el mito de las “represalias” que se supone pretenden castigar una implicación militar en Siria que siguió, y no precedió, a los ataques contra Charlie Hebdo y el supermercado kosher) rivaliza con el gusto por la sumisión (olvidemos nuestra legislación sobre el velo, flexibilicemos nuestro laicismo, transijamos…).
El yihadismo golpea por todas partes, esa es la verdad. Le sobran objetivos y escoge, una vez más, según la lógica de la pura oportunidad. Un día Orlando. Otro, Túnez o Bangladés. Otro, si es allí donde encuentra la falla, Bruselas, Estambul o, como ahora, Niza. No hay que buscar en esta dispersión de blancos atacados a ciegas más sentido del que tiene. Sobre todo, no hay que hacerle a la yihad el regalo de imaginar no sé qué cerebro que programa sus ofensivas como quien juega una partida de ajedrez. Solo nuestras debilidades hacen fuertes a esas gentes. Y la tentación de sobreinterpretar, de ver signos sutiles por todas partes, de atribuir a esas almas mezquinas una dignidad lógica de la que carecen, es sin duda una de nuestras debilidades.

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