Neonazis, yihadistas, demonios del mismo infierno

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Por Marcelo Cantelmi

El chico gritó el ya célebre y manoseado Allah Akbar musulmán mientras hería a cinco personas antes de ser acribillado por la policía. En su cuarto había una bandera con los colores negros del ISIS y luego apareció un video marcando su adhesión a la banda terrorista. Si el del lunes no alcanzó a matar, el del viernes, otro chico, este de 18 años, alemán de padres iraníes, sí asesinó a nueve personas, jovencitos en su mayoría en Munich, la capital bávara. Según la policía, lejos de cualquier locura yihadista, la masacre habría sido el homenaje de un desquiciado al neonazi noruego Anders Breivik que mató a 77 adolescentes en Oslo en 2011.

El viernes se cumplía el quinto aniversario de ese episodio. En la furia del atacante de Munich, pesó el mismo furor xenófobo. Gran parte de sus víctimas, muertos y heridos, fueron inmigrantes o descendientes. Desde las terrazas del shopping había gritado tratando de “mierda” a los residentes turcos y enarboló su ser alemán por encima de todo. Si el atentado del lunes en el tren, agregó otra cuota al fanatismo de los xenófobos, el del viernes no es claro qué ha producido en esos sectores, salvo un inquietante silencio.

Alemania, entre otros países europeos, está recibiendo la presión de oleadas de refugiados que huyen de las guerras en el norte de África, en particular de Siria. Escapan de un desastre del cual Occidente no debería desentenderse atento a sus relaciones íntimas en un pasado demasiado recientes con casi todas las dictaduras de la zona.

Pero lo cierto es que ese fenómeno, unido a un fuerte disloque social, ha alimentado una corriente de dirigentes políticos racistas en Europa y EE.UU. El yihadismo de bandas como el ISIS profundiza esa deformación con sus atentados y el relato extremista y apocalíptico. Así, cuanto mayor es la amenaza en Occidente, mayor es el asedio a los inmigrantes que llegan de esas regiones. La consecuencia es una segregación extendida que potencia la violencia de todo signo. Las dos violencias de Alemania que se unen en el mismo infierno. Eliminar al terrorismo que ha crecido de la mano de las pujas políticas en Siria e Irak, es central para acabar con el aliento a marginales o perturbados, lobos solitarios como el camionero de Niza o el chico del hacha en el tren alemán. Cerrar la guerra en la región, cancelaría, a su vez, el éxodo de los migrantes del cual se abusa el populismo de los xenófobos.

Pero nada de eso tiene perspectiva sin una voluntad inexistente hoy para cambiar las condiciones sociales y políticas que hacen posible el odio. Tanto por el amparo que aun se brinda a dictaduras y monarquías corruptas y represivas en esas regiones como por la preservación de los gulag de desesperados con el futuro cancelado que se amontonan a los ojos de todos en las ciudades de Occidente. Tanta muerte debería cambiar ya esa brújula.

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