Terrorismo y radicalismo político, dos riesgos a valorar

Los inversores y analistas occidentales se están viendo obligados a evaluar la influencia en la economía y en los mercados de dos riesgos que están aumentando su importancia en los últimos dos años.

 

La creciente frecuencia e intensidad de los atentados de origen radical, así como los nuevos objetivos civiles generan incertidumbres en los ciudadanos. La respuesta social al incremento de la inseguridad ya está provocando una mayor influencia de los partidos de corte nacionalista o radical.

 

Las economías occidentales están basadas en la estabilidad política y jurídica que garantiza un sistema democrático asentado sobre la protección de las libertades y el fomento de la economía de libre mercado. Desde los años de la guerra fría, los ciudadanos europeos y norteamericanos han disfrutado de un largo periodo de estabilidad política mientras que en los países emergentes se producían numerosos conflictos bélicos de índole local o regional.

 

Muchos países emergentes han aprendido a convivir con la inseguridad generada por actos terroristas de distinto origen, el impacto de la delincuencia, la inestabilidad de los gobiernos y los periodos de dictadura.

 

Las empresas occidentales que operan en estos países se han visto obligadas a adaptar su forma de hacer negocios, asumiendo el coste extra que supone operar en un escenario de incertidumbre política y económica. La seguridad jurídica es muy inestable y maleable, según el tipo de gobierno de turno, y en muchos casos se producen periodos en los que se vulneran flagrantemente las leyes y los principios del libre mercado.

 

Evidentemente, ésta no es para nada la situación a la que se enfrentan los países occidentales, pero sí que entramos en una nueva etapa en la que es necesario evaluar el impacto de la creciente ola de atentados y de sus consecuencias en las preferencias políticas de los ciudadanos.

 

Los recientes atentados en Francia y Bélgica, las matanzas de distinto signo acaecidas en EEUU, el alzamiento de los partidos nacionalistas en varios países o el reciente intento golpe de Estado en Turquía nos deben hacer reflexionar sobre los cambios a los que se enfrentan los ciudadanos de occidente.

 

Un área de evaluación que debe ser considerada es la inmigración y la repercusión sobre las comunidades de origen islámico integradas en la sociedad de los países occidentales. La lucha contra el terrorismo traerá consigo un mayor control de los ciudadanos y de las comunidades donde se sospeche que existe un mayor riesgo. En Francia, algunos partidos políticos ya han demandado un mayor control policial de los ciudadanos potencialmente peligrosos. A su vez, si se incrementa el rechazo social a los ciudadanos extranjeros, se podría producir un endurecimiento de las leyes de inmigración.

 

Éste fue uno de los puntos clave que argumentaron los defensores del Brexit para justificar la salida de la eurozona, ya que desde el Reino Unido se ve con desconfianza la laxitud de los europeos a la hora de aceptar inmigrantes. Existe la tentación de aumentar el control del Estado en materia de seguridad, además de fomentar un mayor nacionalismo como rechazo a la amenaza de la inmigración. De producirse, esto tendría un impacto a medio plazo en la evolución de la economía y en la influencia en el gasto público y en las relaciones comerciales internacionales.

 

Otro factor a vigilar es el posible cambio en ciertos hábitos de consumo en los ciudadanos. La confianza de los consumidores podría verse afectada si se consolida el temor a que los Estados sean incapaces de garantizar su seguridad. Además se podrían modificar los flujos vacacionales y la forma en que se distribuye la renta entre consumo y ahorro.

 

Empresas perjudicadas y beneficiadas

 

En el plano empresarial los mercados son muy rápidos en poner precio a los riesgos geopolíticos, segregando entre las compañías que consideran afectadas por los nuevos riesgos y aquellas que se pudiesen beneficiar de las consecuencias de los mismos.

 

Los distintos eventos de carácter político que han tenido lugar en Latinoamérica son un buen ejemplo de cómo puede verse afectada la valoración de las compañías dependiendo del país o del sector de la economía al que tengan exposición.

 

Las empresas multinacionales están acostumbradas a evaluar los riesgos que asumen al operar en países potencialmente inestables, poniendo en una balanza los riesgos con los beneficios potenciales que esperan obtener.

 

Si bien la situación actual en occidente no es comparable con la toma de decisiones en países emergentes, si que estamos siendo testigos de cómo la inestabilidad política en occidente comienza a ser un factor a evaluar en profundidad.

 

Encontramos ejemplo de ello en las reacciones posteriores al Brexit, donde un número creciente de compañías están evaluando sus inversiones en el país, la posibilidad de mover sus sedes fuera del Reino Unido o bien paralizar los planes de inversión en espera de mayor certidumbre.

 

Otro ejemplo lo encontramos en la situación política en España, que tuvo en vilo a muchos inversores extranjeros que temían la formación de un gobierno que incluyese partidos de corte antisistema, de ultraizquierda o nacionalistas radicales.

 

La influencia de estos factores de riesgo no debe provocar alarmismo, pero sí conviene que sea incorporada en el análisis del escenario futuro y de su posible impacto en la valoración de los activos.

 

Javier Montoya es analista de Alpha Plus

 

Fuente: Expansion.com

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