SEFARAD A COSTA RICA

Templo de la Parroquia de la Inmaculada Concepción, Heredia, Costa Rica. Fotografía: Dr. Conrado R. Umaña Rojas
Templo de la Parroquia de la Inmaculada Concepción, Heredia, Costa Rica.
Fotografía: Dr. Conrado R. Umaña Rojas

“…El tico[1] nació en Israel, dejó su ombligo en Sefarad y aprendió a caminar en Costa Rica…”

(Luis Kleiman z’’l)[2]

Fuentes judías hacen constar que los hijos de Israel llegaron a Sefarad en embarcaciones tirias, sirias y fenicias.

Las naves de Hiram, aliado y amigo de David Hamélej (Heb.: El Rey) frecuentaban las costas ibéricas: Regresaban cargadas de invaluables tesoros (alrededores del 1020 antes de la Era Común).

Se afirma que operarios y materiales provenientes de la Bética tuvieron relación con la construcción del Primer Templo, en Yerushalaim[3].

Durante el reinado de Shlomoh Hamélej (Heb.: Salomón el rey), hace casi tres milenios, antes de la división de sus dominios en el Reino del Sur, Yehudah (Heb.: Judá), y el Reino del Norte, Israel, hubo, por múltiples razones políticas, sociales y económicas, tres grandes migraciones de hijos de Israel, predominantemente de las tribus de Yehudah, de Binyamín y de Leví, hacia:

  1. Teimán (Heb.: Yemen) en la Península Arábiga
  1. Kush (Heb.: Etiopía) en el norte de África
  1. Sefarad (Heb.: Península Ibérica) en el occidente de Europa

Se formaron tres grandes comunidades: La yemenita, la etiope y la sefardita. Desde el siglo pasado las dos primeras se hallan totalmente reubicadas en el territorio del Estado de Israel.

Sin embargo, la última aún se encuentra dispersa en Irlanda, los Países Bajos, las naciones mediterráneas, los Balcanes, Turquía y, en su gran mayoría, aproximadamente veintitrés millones de hijos de Binyamín, de Yehudah y de Leví, asimilados en el Continente Americano, a la espera del cumplimiento de la palabra que el Eterno habló por boca de Su profeta Ovadiah (Heb.: Abdías):

…Y los cautivos de Yerushalaim, los que están en Sefarad, poseerán las ciudades del Néguev.

Como parte de ese cumplimiento profético, primeramente la Comunidad tendrá que despertar de su letargo de siglos, luego asirse de su verdadera identidad, después levantar su mirada hacia el Santo-Bendito-Sea para, finalmente, llenarse de valor para iniciar el retorno a la Tierra de la que siempre ha sido parte, aunque en estos días esa misma Tierra no la reconozca, en una gran parte, como hija suya.

Cuando los griegos ocuparon Éretz Israel (Heb.: La Tierra de Israel), allá por los siglos IV y III A.E.C. (antes de la Era Común), ya había judíos establecidos en la Península Ibérica. Viajaron junto con los fenicios y se ubicaron en Iberia. Desde entonces  había vida judía en Sefarad, es decir, en el territorio que los romanos después llamaron Iberia o España.

Los judíos se aposentaron en España, desde las regiones más meridionales, como Extremadura y Andalucía, hasta las más septentrionales, como Galicia y Cataluña.

Se ha hablado de hasta ocho siglos de permanencia judía en España, sin embargo, se sabe en la actualidad, que esa estadía se prolongó por quince centurias. En la España Mozárabe, los judíos convivieron ocho siglos con los árabes, fundamentalmente con los moros provenientes de Mauritania.

Durante el Mandato Árabe hubo en España gran tolerancia hacia los judíos. El califato de Córdoba fue, sin duda, el ejemplo más evidente de convivencia entre judíos y moros. Este fenómeno permitió el desarrollo de lo que se denomina Siglo de Oro del Judaísmo Español.

Mientras esto sucedía en Sefarad, otros grupos de judíos migraban por el Asia Menor rumbo al Norte. Pasaron por el Mar Negro, el Mar Caspio, los Urales, Siberia, y llegaron a Alemania. Allí adquirieron la primitiva lengua alemana de aquella época. Se denominaron Judíos Ashkenazíes, de Ashkenaz, descendiente de Nóaj, cuyas familias poblaron el Este de Europa (Gn 10: 1-3 y Jr 51: 27). Por otra parte, los pobladores de España se llamaron Judíos Sefardíes, de Sefarad, nombre hebreo de la Península Ibérica (Abd 20).

Pasado largo tiempo, la Cristiandad del Norte de España decidió reconquistar su territorio, con el convencimiento de que para lograrlo tenía que expulsar de la Península a todos los judíos y a todos los moros.

Desde el siglo IX de la E.C. (Era Común), la Comunidad Judía de España venía cultivando fama y prestigio. Entre sus hijos había connotados médicos, destacados escritores, famosos comerciantes, grandes agricultores, respetados políticos y muchas otras celebridades. A partir de entonces se empezaron a dar a conocer personajes prominentes del Judaísmo como: Shlomoh Ibn Gabirol, poeta muy reconocido en la Literatura Española, Mosheh ben Maimón, médico, filósofo y teólogo, los llamados Abarbanel, administradores de las coronas moras y cristianas, y pléyades de seres humanos diligentes en muchísimos campos. Se llegó a conformar una gran judería, la cual se estableció, sobre todo, en las ciudades de Málaga, Sevilla, Valencia, Córdoba y Toledo, en donde, aún en la actualidad, persisten las huellas indelebles del Judaísmo Sefardí.

La Iglesia Católica cobró gran fuerza y poder en España. Para ese tiempo ya se había decidido comenzar a forzar a los judíos a la conversión, es decir, a abandonar el Judaísmo y hacerse católicos.

La primera arremetida trajo como consecuencia gran cantidad de conversiones, algunas sinceras, otras, simple y sencillamente, por conveniencia, pero la inmensa mayoría, sin lugar a dudas, por supervivencia.

A raíz de estos hechos, ocurridos en el siglo XIII de la Era Común, una numerosa población judía pasó a formar parte del Cristianismo. La Iglesia llamaba cristianos viejos o de sangre limpia a los descendientes de católicos, y cristianos nuevos, de sangre sucia o marranos a los conversos, en otras palabras, a aquellos miles de judíos que, mediante ese desdichado acto, salvaron temporalmente sus vidas, ya que siguieron siendo blanco del odio, de la persecución y de la discriminación por parte de la población, de las autoridades y de la Iglesia ibéricas.

El acoso continuó aún en el siglo XIV E.C. Se dio por primera vez un decreto que obligaba a la conversión de los judíos bajo amenaza de expulsión para los que así no lo hicieran, sin embargo, en esta ocasión, los líderes de la Comunidad Judía Española lograron convencer a los de entonces, múltiples reyes de España, para que el plan no se llevara a cabo.

A mediados del siglo XV E.C. se unieron dos familias muy importantes y poderosas de la España medieval: La familia de Aragón y la de Castilla, Fernando e Isabel, Reyes Católicos.

La intención de ellos, al unirse, fue la de recuperar el poderío de la Cristiandad en España.

No tenían recursos financieros para llevar a cabo una guerra total contra los moros. Echaron mano a las posibilidades inmediatas: Los recursos económicos de la Comunidad Judía Sefardí.

Fray Tomás de Torquemada[4], descendiente de judíos y sacerdote católico, tomó la decisión de plantear su “gran idea” a los reyes de España: Crear el Santo Oficio de la Inquisición que, una vez instituido, se encargó de perseguir a fuego y espada todo aquello que oliera a Judaísmo dentro de Sefarad.

En el año bíblico 5252, que correspondió a 1492 según el calendario convencional, un duro decreto cayó sobre los judíos de España. El rey Ferdiver o Fernando de Aragón anunció que para el último día del mes de séptimo (julio) de dicho calendario no podría quedar un solo judío en tierra española.

El Día Noveno del mes de Av (Heb.: Tish’ah Beav), fecha en que se conmemora la destrucción del primero y del segundo Templo de Yerushalaim, fueron expulsados centenares de ellos de ese vasto territorio.

Muchos fueron hechos prisioneros, otros quemados en la hoguera, asesinados a espada o lanzados a las fieras. Aquellos que lograron salvar sus vidas y huir de España, lo hicieron en la mayor de las pobrezas, ya que habían sido despojados de todos sus bienes.

No sabían hacia dónde dirigirse, ni tenían medios económicos como para emprender largas travesías, por esta razón tuvieron que viajar enfrentando la angustia, la inclemencia y el hambre con tal de no abandonar la posibilidad de sobrevivir y de llegar a algún lugar para tener una vida en paz, sin persecuciones.

Los judíos no convertidos al Cristianismo tenían que dejar todo abandonado e irse de España de inmediato, so pena de muerte. El desdichado decreto o edicto de los reyes de Aragón y Castilla, en esencia, lanzaba siete maldiciones sobre todos los judíos de Sefarad y sobre todos sus descendientes, por los siglos de los siglos:

  1. Su Fe: Condenada y reprobada
  1. Ellos: Errantes y expropiados de tierra y de toda clase de bienes
  1. Despojados de toda posibilidad de adquirir provisión
  1. Sin porvenir alguno
  1. Asimilados, paganizados: Sin identidad
  1. Sin el auxilio de otros pueblos
  1. Sin sosiego, en perpetua zozobra, bajo constante amenaza de muerte

El Edicto General sobre la expulsión de los judíos de Castilla y Aragón, en resumen, decía así:

“En nuestros reinos hay no pocos judaizantes, malos cristianos que se apartan

de nuestra santa Iglesia Católica, hecho que tiene su origen ante todo en la

relación existente entre judíos y cristianos… Según el informe que nos ha sido

presentado por los Inquisidores no existe ninguna duda de que la relación entre

cristianos y judíos, que intentan inducirlos a abrazar su condenada religión,

origina uno de los peores males… Todo ello tiene como consecuencia inevitable

la corrupción y degradación de nuestra santa Religión Católica…Por todo ello

hemos tomado la decisión de expulsar de las fronteras de nuestro reino a todos los

judíos de ambos sexos. Así que por este decreto disponemos que todos los judíos

que viven dentro de los límites de nuestra soberanía, sin distinción de sexo ni

edad, abandonen nuestras propiedades y señorías reales dentro de un plazo que

terminará a final de julio, con sus hijos e hijas y con sus servidores judíos, y que

no se atrevan a pisar nunca más este país, ni en tránsito para ir a establecerse

a otro sitio ni bajo ningún otro pretexto. Si no tuvieran en cuenta esta orden y

y fueran descubiertos en nuestro territorio serán castigados con la muerte y la

confiscación de todos sus bienes sin juicio previo. En consecuencia recomen-

damos que a partir de final de julio en nuestro reino nadie se atreva a ofrecer

cobijo, abiertamente o en secreto, a un judío o a una judía, bajo pena de con-

fiscación de todos sus bienes a beneficio del Tesoro Real… Les permitimos salir

de nuestro reino por vía marítima o terrestre llevando consigo los bienes de su

propiedad a excepción de oro, plata, dinero en moneda y otros efectos que estén

incluidos entre los de exportación prohibida.”

 

Isabel de Castilla y Fernando de Aragón,

Palacio de la Alhambra, Granada, España,

31º día del tercer mes del calendario convencional.

Al discernir el trasfondo espiritual y maligno de estos horrorosos designios que tanta maldición acarrearon sobre el Pueblo Español en los siglos subsecuentes, no nos debe sorprender que un grupo de cristianos españoles, en Yerushalaim, en el décimo mes del año convencional de 1992, al cumplirse cinco centurias del Descubrimiento de América, se haya puesto de rodillas, delante de un gran número de iberoamericanos, para pedir perdón por todas las atrocidades que se sucedieron en el Nuevo Continente a partir de la expulsión de los judíos de Sefarad.

Tampoco debe extrañar a nadie el hecho de que, tan sólo unos días después de este trascendental y libertador acontecimiento, en la antiquísima Gran Sinagoga de Toledo, convertida en una biblioteca pública, Su Majestad el Rey Juan Carlos de Borbón se brindara la acertadísima ocasión de pedir perdón a la Comunidad Judía Sefardí por el Decreto de Expulsión y por todo lo acontecido como consecuencia de él. No nos deja, pues, sin explicación la evidencia de las extraordinarias mudanzas que ha tenido España en siglos de historia, antes y después de la Expulsión, antes y después de la petición de perdón, planteada, por supuesto,  a la luz de lo que el Eterno ha dicho en Su Torah (Gn 12: 1-3).

Al mismo tiempo en que  Cristóbal Colón (Heb.: Yonah: Colombo, palombo, palomo) navegaba rumbo al inesperado descubrimiento de América, junto a sus naves, cantidades de carabelas surcaban las aguas del Atlántico. Esto era tan sólo parte del éxodo masivo que se produjo. Cerca de medio millón de judíos hicieron abandono de España en el año convencional de 1492, con el fin de salvar sus vidas y las de sus familiares.

En ese entonces la población judía practicante de España sobrepasaba el millón de almas.

La mayoría huyó hacia Portugal, en donde la Inquisición no habría de operar sino hasta cinco años más tarde, durante el mandato del Rey Manoel.

Otros se fueron hacia Francia, Inglaterra, los Países Bajos, al territorio moro de Argelia, Túnez y Marruecos, otros huyeron hacia Grecia y Turquía.

El Sultán Mehmet II conquistó Constantinopla en 1453. La transformó en la capital de su imperio.

En la ciudad sólo habían quedado 50.000 sobrevivientes, por lo cual, en 1456, ordenó el traslado masivo de los judíos romaniotas de Anatolia y los Balcanes.

Los inmigrantes disfrutaron de una política muy favorable de parte de Mehmet y de sus sucesores.

Los judíos expulsados de Sefarad encontraron el en Imperio Otomano el refugio ideal.

Practicaron su religión con libertad, mantuvieron su organización interna y tuvieron un portavoz judío que los representó ante el gobierno y ante el trono.

En los días de Mehmet II, el portavoz fue el médico Yaakov de Gaeta, consejero privado y ministro de finanzas del Sultán.

Los Reyes Católicos reconquistaron  Sefarad con la toma de Granada, la expulsión de su califa y la cercenadura de la Comunidad Judía.

Los judíos que huyeron a Italia, Suecia, Turquía, Marruecos y a muchas otras tierras, llevaron consigo su Herencia Imperecedera, la que no pudo ser desarraigada ni robada: Su Fe, su Esperanza, sus tradiciones y costumbres, su cultura y su idioma. No hablaban castellano, sino Djudeo-espanyol o Ladino, que es una mezcla de castellano Antiguo (siglo XV E.C.), galaico (gallego primitivo) y hebreo, el cual escribían con caracteres hebraicos ligeramente modificados y conocidos con el nombre de Escritura Rashí.

Vivieron durante una generación en Portugal, pero finalmente, el rey João, bajo la influencia de la Inquisición, acabó expulsándolos de ahí.

Fuera del medio millón expulsado de Sefarad, cientos de miles se convirtieron al Cristianismo y permanecieron en España.

Debe recordarse que la gran mayoría se convirtió por un asunto de supervivencia: Amaban a España y deseaban permanecer en el territorio donde habían vivido por veinte o treinta generaciones. No conocían otra cultura, no hablaban otro idioma. Querían vivir y morir en la España de sus antepasados, en su Sefarad.

Debajo de la apariencia católica subyacía el Criptojudaísmo, es decir, la Fe Irrenunciable y la Vivencia Judía practicada en lo secreto.

A los judíos conversos o nuevos cristianos, en la condición mencionada, se les denominó Marranos (del árabe Muharram: Vedado).

Empezaron a darse los llamados Autos de Fe: Persecución y matanza de judíos que se ocultaban detrás de la semejanza cristiana. A pesar del bautismo y de la adquisición de nombres españoles católicos, seguían manteniendo sus costumbres judaicas.

Ante el espanto que constituía el Santo Oficio de la Inquisición, muchos judíos conversos, con estereotipo cristiano y con nombres hispanos, huyeron también hacia América. Uno de ellos fue Luis de Torres, el cual viajaba en la misma carabela con Cristóbal Colón, quien lo eligió para que fuera su capitán. De Torres era rabino, hablaba hebreo y árabe. Una de las intenciones del Almirante era la búsqueda y el hallazgo de las llamadas tribus perdidas de Israel.

Colón conocía a los más connotados cartógrafos del mundo que, dicho sea de paso, eran judíos. Había estado en Islandia, en donde los nativos le informaron de los viajes de los Vikingos a la Tierra Verde, es decir, a Groenlandia. Sabía que existían pueblos de piel aceituna en dirección de Occidente. Creía que de hacerse a la mar, rumbo al Oeste, llegaría, no a la Tierra de Kathái (nombre con que se conocía a la China en la Europa Medieval) referida por Marco Polo en su Libro de las Maravillas, sino a Yerushalaim.

Colón tenía la firme convicción de que, en su viaje, daría con el Pueblo Judío. Junto con el rabino De Torres vinieron muchos otros judíos que procuraban salvar sus vidas. Muchísimos más llegaron a América, a partir de su tercero y de su cuarto viaje.

El gran movimiento de descubrimiento y de conquista del Nuevo Continente se originó en Panamá. Cristóbal Colón llegó a América por las islas del Caribe. El verdadero descubrimiento y conquista de la tierra firme continental se inició a partir del momento en que Vasco Núñez de Balboa puso el pie en tierra firme y descubrió el Mar del Sur. El primer punto establecido en tierra continental se llamó la Castilla del Oro, Porto Belo o ciudad de Panamá. Desde ese lugar se inició la conquista por el Pacífico.

Durante el cuarto y último viaje de Colón, éste, sin haber sido aún indemnizado o recompensado por los Reyes Católicos, descubrió la costa atlántica de Costa Rica, así llamada por él mismo, y denominó a toda esa tierra, desde Porto Belo hasta el Golfo de Fonseca, la Vera Acqua, que posteriormente se convirtió en su herencia.

La conquista de Centroamérica y México comenzó en Panamá. Andrés Niño y otros emprendieron el camino hacia el Norte. Descubrieron el desaguadero del Golfo de Nicoya. Pasaron al territorio de Nicaragua. Toda esta era una tierra muy fértil. Para entonces  nuestro litoral era bien conocido con el nombre de Costa Rica. De pronto, un exgobernador de Panamá, Pedro Arias De Ávila, decidió dar una contraorden a su yerno, el cual estaba al mando de la conquista de esta zona: Le mandó regresar a Panamá. Se cambió el rumbo. Los conquistadores se dirigieron hacia Perú.

En medio de todo esto, Pedrarias Dávila fue acusado de judaizante ante las cortes españolas. Fue removido de su cargo y falleció en Nicaragua con el peso de esa acusación. Dávila era hijo de judíos conversos. Él manejó todo el aparato de descubrimiento, conquista y colonización de la región.

Debido a lo anteriormente descrito, el proceso con Costa Rica se paralizó. La tierra quedó intacta hasta 1560 E.C., año en que resurgieron los conquistadores en el territorio. Un grupo de ellos entró por Caldera y fundó la Villa de Bruselas, que fue la primera población establecida en Costa Rica. El nombre de Bruselas fue una bofetada para la Corona Española, ya que en esa época Carlos I, Rey de España y Carlos V, Emperador de Alemania, habían entrado en una guerra terrible contra Guillermo de Orange, Príncipe de los Países Bajos, quien decidió no seguir las pautas del Catolicismo. Se volvió tolerante y liberal en favor de judíos. Mostró hospitalidad a los que venían escapando de Portugal.

En medio de tales circunstancias, se fundó aquella villa, con el nombre de una de las capitales de los Países Bajos, precisamente en el momento histórico en que estaban ocurriendo las Guerras de Flandes.

Llama la atención que los fundadores de la villa formaban parte de un grupo que había salido de Panamá por orden de Pedrarias Dávila.

Como era de esperar, el Monarca Español hizo desaparecer aquel primer asentamiento del suelo costarricense.

En su oportunidad, una segunda expedición vino a Costa Rica; esta vez a cargo de Juan de Caballón.

Dicha expedición, conformada en un setenta por ciento por portugueses que tenían nombres españoles, logró penetrar hasta el Valle Central.

Sin duda se trataba de judíos conversos que habían huido de España a Portugal y, finalmente, al Nuevo Continente.

En el mismo porcentaje (70%) llegaban los judíos procedentes de Portugal, Extremadura, Andalucía, Italia y Grecia que, con apellidos españoles, se convirtieron en los primeros colonos de Costa Rica.

En 1575 E.C. vino al país el Licenciado Juan Vázquez de Coronado, y detrás de él una gran cantidad de gente de Portugal. Juntos se establecieron en la primera ciudad importante de nuestro suelo: Cartago.

Es necesario recordar que la antigua Cartago fue fundada por los fenicios.

Aníbal, el general cartaginés (247-183 A.E.C.), invadió Sagunto, aliada de Roma, en el año 219. Llegó a Italia, atravesando los Pirineos y los Alpes, con un grandioso ejército, montado en elefantes, y en Trasimeno, en el año 217, venció a Roma, antecesora política, social y espiritual de lo que, siglos después, llegó a ser el Papado.

De nuevo, es interesante observar cómo hubo gente que, bajo la insignia de la cruz católica, llegó a nuestra Tierra y puso a esa ciudad el nombre de Cartago, la ancestral archienemiga de Roma… ¡Otra bofetada al Imperio Católico Español!

Después de estos hechos empezó a darse en Costa Rica una forma de colonización única en América: El Minifundio.

Las familias se establecían aisladamente. Para no poner en peligro su vida, nadie quería saber del otro.

Lo anterior era bastante inusual en el Continente, ya que la mayoría de los que venían a América eran buscadores de fortunas; querían enriquecerse para volver a Europa. Sin embargo, los que llegaron a Costa Rica sabían muy bien que no podían levantar mucho la cabeza y que nunca regresarían al Viejo Continente. No tenían grandes aspiraciones de fortuna o de riqueza.

Todas esas particularidades influyeron en la manera de ser y en la expresión cultural tan singulares y propias de los primeros costarricenses, de 1560 a 1736 E.C.

En el último año citado nos visitó el Obispo de León, Nicaragua: Encontró que en el país no había nada siquiera semejante a un templo católico.

Durante dos siglos Costa Rica no tuvo ninguna forma de expresión religiosa, a pesar de ser un Pueblo Católico por definición.

El fenómeno anterior no ocurrió en ninguna otra tierra americana a donde hayan llegado los españoles.

Cuando se investiga sobre el Arte Religioso Costarricense, se descubre que la primera iconografía apareció alrededor de 1750 E.C., y no fue hecha en el país; este arte fue traído del Perú, de Ecuador, de Panamá, de Guatemala y de México, pues en Costa Rica no había quien se dedicara a tallar o a pintar la imagen de un “santo”.

Entonces, cuando, en 1736 E.C., llegó al país el Obispo de Nicaragua, se dio cuenta de que ahí no existía Catolicismo. Trató de inquietar a las autoridades españolas, pero éstas no le dieron importancia al asunto. Se fue a León y trajo un ejército.

A fuerza de bayoneta obligó a los colonos a levantar el primer templo católico, el cual nadie visitaba a causa del Criptojudaísmo de la población… Me refiero al templo[5] de la Parroquia de la Inmaculada Concepción, terminada de construir en 1797 y ubicada al Este del Parque Central de la ciudad de Heredia…

 ¡Durante dos siglos Costa Rica fue una comarca eminentemente judía[6]!

Por: Dr. Conrado Umaña (Extracto del libro Las Raíces Judío – Sefarditas del pueblo de Costa Rica, páginas 20-44)*     

REFERENCIAS:

[1] Tico: Diminutivo en idioma djudeo-espanyol o Ladino y forma en que los costarricenses se denominan en el lenguaje cotidiano y familiar.

[2] Judío costarricense, tenaz investigador del asunto sefardí por más  de veinticinco años.

                                     

[3] Heb.: Jerusalem.

[4] Apócope de Torre Quemada.

[5] El visitante podrá observar algunas de las redomas originales (otras han sido sustituidas por imágenes) en la parte superior de su imponente fachada. Notará, además, que los campanarios laterales no forman parte de la arquitectura original y, en fin, se dará cuenta de una gran cantidad de detalles que delatan a sus constructores: Hicieron el templo como una sinagoga.

[6] Las quinientas familias judías sefarditas que llegaron a Costa Rica, de las que descendieron los primeros ticos, eran observantes, huían de la Inquisición por no renegar de su Emunah… ¡No eran Anusim (Heb.: Conversos a la fuerza) ni Meshumadim (Heb.: Conversos voluntariamente) ! Hasta después de dos siglos, los bisnietos de sus bisnietos fueron obligados a abrazar la fe de Roma.

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