UN AÑO MÁS PARA RECORDAR

CRISTIANOS ALEPPO

Por Rebeca Grynspan Flikier*

Estos días recordamos la memoria de 6 millones de almas asesinadas durante el régimen totalitario nazi.
Hoy, como todos los años, recordamos que la vida es valiosa, y nadie tiene el derecho de arrebatarla. Nadie. Y lo escribo hoy, no solo por la fecha correspondiente al día del Holocausto donde murió mi bisabuela, mis parientes por parte de ambos padres y amigos cercanos a ellos, niños y niñas inocentes, sino también porque recuerdo que la memoria del ser humano es corta y maleable.

Y cuando se olvida, la historia ingrata decide repetirse por obra de otras mentes malignas y perversas que no han sentido suficiente sufrimiento o muerte.
En el año 1937, en diferentes países de Europa, se prohibió la enseñanza de escolares en judíos en las escuelas, públicas y privadas. Astutos los criminales, que al ver niños en las calles, a la hora del estudio regular, podían identificar más fácilmente a las familias, que aún en una tercera generación, eran considerados judíos, aunque profesaran la fe católica.

Una vez localizados por zonas, se les obligó a llevar una estrella amarilla por las calles para poder aplicar métodos discriminatorios y de humillación pública. Los soldados nazis, de forma aleatoria sacaban sus armas y en plena calle fusilaban grupos de judíos, niños, mujeres embarazadas, jóvenes, adultos, rabinos. Los judíos fueron obligados a residir en zonas restringidas, se prohibió el trabajo y la compra de bienes para subsistencia subsistencia.

Una vez establecida la maquinaria asesina nazi, se confiscaron sus bienes y deportó a campos de concentración, de trabajo forzado, de exterminio.

El Holocausto se manifestaba con todos sus tentáculos maléficos, a vista y paciencia de gobiernos, ciudadanos y organismos internacionales. El silencio fue el arma de muchos para obviar la ayuda.

Otros en cambio, justos entre los justos ayudaron a salvar la vida de niños y niñas inocentes, que ahora, dan testimonio de ese episodio de la historia, que nunca debió pasar.

Nuestra vida se ubica en el año 2014. Hemisferio Occidental, en una tierra que emana paz y tranquilidad. Del otro lado del mundo, en Oriente Medio y Africa, donde la religión musulmana es practicada por una mayoría, se vive otra realidad:
Niños y niñas de origen católico o cristiano se les impide asistir a clases. Eso permite a los grupos islamistas de Siria, ubicar a las familias “infieles” con mayor facilidad.

Se les está obligando a llevar una cruz, para aplicar métodos de discriminación y humillación pública.

En plena vía pública se han crucificado a dos cristianos por no maldecir su fe. Esto en frente de sus familiares. Haca unas semanas, una monja fue ejecutada en plaza pública.

Los islamistas de forma aleatoria sacan sus armas y acribillan a cuando cristiano pase en frente de ellos. Sus bienes han sido confiscados. Se les está ordenando mantenerse en zonas restringidas. Se les ha prohibido el trabajo y la compra de bienes para subsistencia.

Mujeres parturientas han llegado a la frontera Siria Israel. Este último país les ha abierto las puertas. Ha tratado a niños con casos severos de desnutrición y serias secuelas psicológicas de estrés post traumático.
Mientras tanto, los países del mundo, la ONU, y otros organismos internacionales guardan silencio.
¿Notan similitudes?

Rebeca Grynspan F
Foto archivo La Nación 2002

*Rebeca Grynspan Flikier: Máster en Psicopedagogía y en Administración Educativa.

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